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La sombra que nunca aplaude

  • 27 feb
  • 2 Min. de lectura

En la ciudad de los Escenarios Eternos vivía un tipo de personas muy particulares: caminaban siempre mirando hacia arriba, buscando focos, cámaras, cualquier brillo que pudiera reflejar su nombre. A estas personas se las conocía como Los Iluminados, aunque no porque tuvieran luz propia, sino porque necesitaban que alguien más se la sostuviera.

Entre ellos destacaba una figura llamada Brillo, famoso por su sonrisa impecable y su habilidad para aparecer en todas las fotos importantes. Brillo tenía un talento especial: sabía detectar a quienes podían ayudarle a subir un escalón más. Y cuando los encontraba, los envolvía con palabras dulces, promesas de reconocimiento y un aire de grandeza compartida.

Pero había un detalle: Brillo jamás recordaba en público a quienes le sostenían la escalera.

Cuando alcanzaba un nuevo éxito, hablaba de su esfuerzo, de su visión, de su destino brillante. Nunca mencionaba a quienes habían cargado con el peso, limpiado el camino o empujado desde abajo. Y cuando ya no necesitaba a alguien, simplemente lo dejaba atrás, como un foco fundido que ya no servía para iluminar su escenario.

Un día, sin embargo, ocurrió algo que nadie esperaba.

Los ayudantes —esas manos invisibles que siempre estaban ahí— comenzaron a desaparecer. No por rabia, ni por venganza, sino por cansancio. Se fueron marchando en silencio, buscando lugares donde su trabajo tuviera nombre, donde su presencia no fuera un secreto vergonzoso.

Y entonces Brillo subió al escenario más grande de su vida… pero esta vez, no había nadie detrás del telón.

Las luces no encendieron. El sonido no funcionó. El público murmuraba, confundido. Y Brillo, por primera vez, vio su reflejo sin adornos: un brillo vacío, sostenido por nada.

Comprendió —tarde, pero con claridad— que la fama sin gratitud es como una estrella sin cielo: puede brillar un instante, pero no tiene dónde quedarse.

Mientras tanto, quienes antes estaban en la sombra encontraron otros escenarios, más pequeños quizá, pero llenos de respeto. Allí sus nombres se pronunciaban con cariño, y su trabajo era celebrado sin vergüenza.

Y así, en la ciudad de los Escenarios Eternos, se aprendió una lección que pocos Iluminados querían escuchar:

Brillo

La verdadera luz no viene de los focos,

sino de las personas que caminan contigo sin necesidad de aplausos.


Aruna Yoga®

Yoga · presencia · escritura consciente


 


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