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  • Reflexión sobre el juicio al profesor/a de yoga

    A veces decimos “ no me gustó el profesor/a de yoga ”, cuando en realidad lo que no nos gustó fue lo que despertó en nosotr@s. Quizás no nos dio la intensidad que esperábamos, o nos hizo quedarnos demasiado tiempo en el silencio. Tal vez su manera de enseñar nos pareció “ extraña ”, pero en el fondo solo nos mostró algo que no estábamos listos para entender o aceptar. No todos los estilos y maestr@s son adecuados para cada momento." Sin embargo, eso no quiere decir que el profesor o la profesora sea "mal@". "Simplemente, puede que no sea lo que necesitamos en este momento Cada guía tiene algo que enseñar —incluso si su enseñanza es la de mostrarnos nuestra impaciencia, nuestro juicio o nuestras expectativas. El yoga, al final, también es eso: aprender a observar sin juzgar. Y quizá el verdadero reto no esté en la postura, ni en como pensamos, sino en aprender a no juzgar lo que aún no entendemos

  • Exito?

    Mi mayor éxito es la gente que camina conmigo. Ya no busco fama ni prestigio, porque hay riquezas que no se ven y son mucho más importantes. La verdadera fama es ser fiel a quien soy. Solo pido claridad para distinguir lo auténtico de lo falso, fuerza para alejarme de quien se aprovecha y sabiduría para valorar lo que realmente importa. Quiero tiempo y energía para lo que suma, y paz para soltar todo aquello que no me deja crecer.

  • Ser y parecer

    Un hombre paseaba tranquilamente por el mercado cuando se detuvo frente a una tienda que exhibía dos loros en una misma jaula. Uno de los loros era espléndido: sus plumas relucían con vivos colores, y su canto melodioso embelesaba a todos los que pasaban. El otro, en cambio, parecía descuidado; su plumaje era opaco y deslucido, y no emitía ni un solo sonido. Sin embargo, lo que más llamó la atención del hombre fue el precio. El loro hermoso costaba apenas veinte euros, mientras que el loro más modesto valía mil euros.

  • Año Nuevo, Nuevos comienzos

    H abía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas, un joven llamado Leo. Cada año, el 31 de diciembre, su familia celebraba la llegada del Año Nuevo con una gran fiesta, llena de risas, fuegos artificiales y promesas de un futuro brillante. Pero este año era diferente. Leo sentía que algo le faltaba. A pesar de la alegría que se respiraba en su hogar, él no podía dejar de preguntarse: "¿Por qué siento que estoy estancado, aunque el tiempo sigue avanzando?"

  • Este año

    Este año me ha enseñado a mirar con otros ojos. He descubierto quién estaba a mi lado por interés y quién lo hacía de verdad. He descubierto amistades donde nunca imaginé encontrarlas y he sentido decepciones allí donde creía estar segur@. He aprendido que, para celebrar, siempre hay much@s pero que en el dolor solo permanecen unos pocos. También he comprobado que, en los momentos en los que más necesité una palabra amable, muchas veces llegó de quienes menos esperaba. Este año he hecho limpieza, he soltado lo que pesa, lo que no suma y hoy me rodeo de quienes realmente valen la pena. Y aun así, doy gracias a tod@s, porque de cada persona aprendí algo: cómo quiero ser…  y cómo no quiero ser. Quiero mirar a quienes han estado a mi lado, en los días de sombra y en los luminosos. Gracias por permanecer ,por acompañar, por creer.

  • El hilo invisible

    D urante las fiestas, Tomás sentía que caminaba por un mundo ajeno. Las luces colgaban de los balcones como promesas que no eran para él, y las canciones sonaban desde casas donde no estaba invitado. No estaba triste todo el tiempo, pero sí había una sensación persistente: la de ser una isla. Una tarde fría decidió salir a caminar sin rumbo. En una plaza vio un árbol decorado de forma extraña: no tenía bolas ni estrellas, solo pequeños hilos atados a las ramas. Cada hilo llevaba un nudo distinto. Algunos eran torpes, otros delicados. Un cartel decía: “ Ata aquí lo que no sabes dónde dejar.” Tomás dudó, pero sacó un hilo del bolsillo del abrigo que no recordaba haber guardado. Lo ató a una rama baja y pensó en todo lo que no había dicho ese año, en las personas que se habían ido, en las noches largas. El árbol no respondió. No hizo falta. En los días siguientes volvió varias veces. Vio a otras personas detenerse, atar hilos, quedarse quietas un momento y seguir su camino un poco más ligeras. Nadie hablaba, pero algo los unía. Un gesto. Un silencio compartido. Cuando las fiestas terminaron, el árbol seguía allí, lleno de hilos moviéndose con el viento. Tomás entendió entonces que no había estado tan solo como creía. Había otros, invisibles, atravesando lo mismo. Y aunque no se conocieran, estaban conectados por algo simple y humano: seguir adelante. Si estas fiestas te sientes sol@, recuerda esto: hay hilos que no se ven, pero sostienen. No necesitas ser fuerte ni estar alegre. Solo seguir atando tu hilo a la vida. Eso basta .

  • Lo que permanece cuando todo se apaga

    Hubo un tiempo en que el reconocimiento parecía un objetivo, un lugar al que quería llegar para sentir que la vida tenía sentido. Ser importante, demostrar lo que valía, destacar antes l@s demás… Pero con el tiempo, después de caídas y éxitos pasajeros, un@ se da cuenta que esas luces son débiles, que las personas que se acercan cuando estás en la cima a menudo suelen hacerlo atraídas por el reflejo, no por lo que realmente eres. El reconocimiento es como un fuego artificial; deslumbra, pero solo dura unos pocos segundos. La importancia social es como un espejismo; desaparece cuando las situaciones cambian. Y la necesidad de demostrar algo a l@s demás es como una prisión invisible; que te obliga a vivir para ojos ajenos, en lugar de vivir tu propia realidad.

  • Distinta

    Soy una persona con carácter y visión propia. No busco encajar en estándares ni aparentar lo que no soy. Me defino por mi capacidad de aprender, adaptarme y mejorar constantemente, sin perder mi esencia.

  • No pienses en monos

    Un aspirante espiritual querría hacer un retiro de meditación, pero no sabia que técnica utilizar. Se dirigió a un maestro y le decía: Maestro, te estaría sumamente agradecido si pudieras recomendarme una técnica de meditación, ya que he planeado estar varias semanas en el bosque para hacer un retiro de meditación. El maestro dijo:

  • El Reloj dorado

    En el pueblo de Villatempus, había un joven llamado Tomás, conocido por su indiferencia hacia el tiempo. Nunca llegaba puntual a sus citas, hacía esperar a sus amigos y parecía no darse cuenta de que su descuido afectaba a los demás.

  • La escalera de uno solo

    Cada semana buscaba gente que lo ayudara a crecer: conocidos con muchos seguidores, amigos con contactos, familiares con tiempo libre. Entre ellos estaba Eva, su prima. Siempre había estado ahí: le prestaba la cámara, le ayudaba a editar, hasta le presentó a sus primeros invitados. Pero esa semana, Eva estaba enferma apenas comía, apenas podía mantenerse de pie. Tomás le escribió: ¿Me ayudas a grabar el episodio de mañana? Es con alguien importante. Eva respondió: No estoy bien. No puedo. Tomás insistió: Es una oportunidad única. No puedo perderla por tu drama. Eva leyó el mensaje. No contestó. Le sorprendió que ni siquiera le preguntara que era lo que le pasaba. Tomás grabó el episodio con otra persona. Lo publicó. Escribió: “ Gracias a los que sí están cuando se necesita. Los que no, que se queden en su nube.” Eva lo vio desde su cama. Sintió que nunca la había ni valorado ni apreciado. Pasaron los meses. Tomás creció. Se rodeó de gente como él: ambiciosa, rápida, siempre disponible para el foco. Compartían contactos, se etiquetaban, se aplaudían. Pero algo faltaba. Las conversaciones eran vacías. Las risas, forzadas. Nadie preguntaba cómo estaba. Solo si ya había subido el video. Una noche, después de una entrevista especialmente buena pero fría, Tomás revisó sus mensajes antiguos. Encontró uno de Eva, de meses atrás: “Me gusta cuando tus entrevistas tienen alma. No solo ruido.” Sintió un nudo en la garganta. Recordó cómo Eva lo miraba, cómo le decía la verdad sin rodeos, cómo le apoyaba el proyecto cuando nadie más lo hacía. Quiso escribirle. Pero sabía que era tarde, Eva ya no estaba "cerca". Tomás se quedó con su éxito. Y con el vacío. Reflexión: El foco puede iluminar. Pero también puede cegar. Es fácil rodearse de gente que solo aplaude. Lo difícil es cuidar a quienes ven más allá del aplauso. Porque cuando el alma se va, el ruido no basta.

  • ausencia del ego

    Este cuento nos habla sobre la ausencia de las identificaciones, la ausencia del ego. En ocasiones los ruidosos visitantes ocasionaban un verdadero alboroto que acababa con el silencio del monasterio. Aquello molestaba bastante a los discípulos; no así al Maestro, que parecía estar tan contento con el ruido como con el silencio. Un día, ante las protestas de los discípulos, les dijo:

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