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  • El hilo invisible

    D urante las fiestas, Tomás sentía que caminaba por un mundo ajeno. Las luces colgaban de los balcones como promesas que no eran para él, y las canciones sonaban desde casas donde no estaba invitado. No estaba triste todo el tiempo, pero sí había una sensación persistente: la de ser una isla. Una tarde fría decidió salir a caminar sin rumbo. En una plaza vio un árbol decorado de forma extraña: no tenía bolas ni estrellas, solo pequeños hilos atados a las ramas. Cada hilo llevaba un nudo distinto. Algunos eran torpes, otros delicados. Un cartel decía: “ Ata aquí lo que no sabes dónde dejar.” Tomás dudó, pero sacó un hilo del bolsillo del abrigo que no recordaba haber guardado. Lo ató a una rama baja y pensó en todo lo que no había dicho ese año, en las personas que se habían ido, en las noches largas. El árbol no respondió. No hizo falta. En los días siguientes volvió varias veces. Vio a otras personas detenerse, atar hilos, quedarse quietas un momento y seguir su camino un poco más ligeras. Nadie hablaba, pero algo los unía. Un gesto. Un silencio compartido. Cuando las fiestas terminaron, el árbol seguía allí, lleno de hilos moviéndose con el viento. Tomás entendió entonces que no había estado tan solo como creía. Había otros, invisibles, atravesando lo mismo. Y aunque no se conocieran, estaban conectados por algo simple y humano: seguir adelante. Si estas fiestas te sientes sol@, recuerda esto: hay hilos que no se ven, pero sostienen. No necesitas ser fuerte ni estar alegre. Solo seguir atando tu hilo a la vida. Eso basta .

  • Lo que permanece cuando todo se apaga

    Hubo un tiempo en que el reconocimiento parecía un objetivo, un lugar al que quería llegar para sentir que la vida tenía sentido. Ser importante, demostrar lo que valía, destacar antes l@s demás… Pero con el tiempo, después de caídas y éxitos pasajeros, un@ se da cuenta que esas luces son débiles, que las personas que se acercan cuando estás en la cima a menudo suelen hacerlo atraídas por el reflejo, no por lo que realmente eres. El reconocimiento es como un fuego artificial; deslumbra, pero solo dura unos pocos segundos. La importancia social es como un espejismo; desaparece cuando las situaciones cambian. Y la necesidad de demostrar algo a l@s demás es como una prisión invisible; que te obliga a vivir para ojos ajenos, en lugar de vivir tu propia realidad.

  • Distinta

    Soy una persona con carácter y visión propia. No busco encajar en estándares ni aparentar lo que no soy. Me defino por mi capacidad de aprender, adaptarme y mejorar constantemente, sin perder mi esencia.

  • No pienses en monos

    Un aspirante espiritual querría hacer un retiro de meditación, pero no sabia que técnica utilizar. Se dirigió a un maestro y le decía: Maestro, te estaría sumamente agradecido si pudieras recomendarme una técnica de meditación, ya que he planeado estar varias semanas en el bosque para hacer un retiro de meditación. El maestro dijo:

  • El Reloj dorado

    En el pueblo de Villatempus, había un joven llamado Tomás, conocido por su indiferencia hacia el tiempo. Nunca llegaba puntual a sus citas, hacía esperar a sus amigos y parecía no darse cuenta de que su descuido afectaba a los demás.

  • La escalera de uno solo

    Cada semana buscaba gente que lo ayudara a crecer: conocidos con muchos seguidores, amigos con contactos, familiares con tiempo libre. Entre ellos estaba Eva, su prima. Siempre había estado ahí: le prestaba la cámara, le ayudaba a editar, hasta le presentó a sus primeros invitados. Pero esa semana, Eva estaba enferma apenas comía, apenas podía mantenerse de pie. Tomás le escribió: ¿Me ayudas a grabar el episodio de mañana? Es con alguien importante. Eva respondió: No estoy bien. No puedo. Tomás insistió: Es una oportunidad única. No puedo perderla por tu drama. Eva leyó el mensaje. No contestó. Le sorprendió que ni siquiera le preguntara que era lo que le pasaba. Tomás grabó el episodio con otra persona. Lo publicó. Escribió: “ Gracias a los que sí están cuando se necesita. Los que no, que se queden en su nube.” Eva lo vio desde su cama. Sintió que nunca la había ni valorado ni apreciado. Pasaron los meses. Tomás creció. Se rodeó de gente como él: ambiciosa, rápida, siempre disponible para el foco. Compartían contactos, se etiquetaban, se aplaudían. Pero algo faltaba. Las conversaciones eran vacías. Las risas, forzadas. Nadie preguntaba cómo estaba. Solo si ya había subido el video. Una noche, después de una entrevista especialmente buena pero fría, Tomás revisó sus mensajes antiguos. Encontró uno de Eva, de meses atrás: “Me gusta cuando tus entrevistas tienen alma. No solo ruido.” Sintió un nudo en la garganta. Recordó cómo Eva lo miraba, cómo le decía la verdad sin rodeos, cómo le apoyaba el proyecto cuando nadie más lo hacía. Quiso escribirle. Pero sabía que era tarde, Eva ya no estaba "cerca". Tomás se quedó con su éxito. Y con el vacío. Reflexión: El foco puede iluminar. Pero también puede cegar. Es fácil rodearse de gente que solo aplaude. Lo difícil es cuidar a quienes ven más allá del aplauso. Porque cuando el alma se va, el ruido no basta.

  • ausencia del ego

    Este cuento nos habla sobre la ausencia de las identificaciones, la ausencia del ego. En ocasiones los ruidosos visitantes ocasionaban un verdadero alboroto que acababa con el silencio del monasterio. Aquello molestaba bastante a los discípulos; no así al Maestro, que parecía estar tan contento con el ruido como con el silencio. Un día, ante las protestas de los discípulos, les dijo:

  • Parábola del oasis

    A un oasis llega un joven, toma agua, se asea y pregunta a un anciano que se encuentra descansando: ¿Qué clase de personas viven aquí? El anciano le pregunta:.

  • El susurro que nunca llegó

    En un pueblo donde las palabras tenían peso, vivía un anciano sabio llamado Elías. No tenía riquezas ni títulos, pero todos acudían a él cuando necesitaban respuestas. Sabía de estrellas, de plantas, de corazones rotos y de sueños perdidos.

  • El susurro de las velas

    El susurro de las velas Cada año, en el día de su cumpleaños, Elena tenía un pequeño ritual: al caer la tarde, apagaba las luces, encendía las velas de su pastel y cerraba los ojos por un momento antes de soplarlas. No era solo para pedir un deseo, sino para escuchar lo que las llamas tenían que decirle. Este año, al abrir los ojos, vio cómo las pequeñas llamas temblaban suavemente, como si le hablaran. En ese instante, recordó todos los momentos que la habían traído hasta aquí: las risas compartidas, los desafíos superados, los abrazos que habían dejado huellas en su corazón. Cada vela era un fragmento de su vida iluminando el presente.

  • El poder de la palabra

    Una palabra irresponsable: puede encender discordias y fuegos difíciles de apagar… Una palabra cruel: puede arruinar y derribar todo lo que se había edificado en una vida… Una palabra de resentimiento: puede matar a una persona, como si le claváramos un cuchillo en el corazón… Una palabra brutal : puede herir y hasta destruir la autoestima y la dignidad de una persona… Una palabra amable : puede suavizar las cosas y modificar la actitud de otros… Una palabra alegre: puede cambiar totalmente la fragancia y los colores de nuestro día… Una palabra oportuna: puede aliviar la carga y traer luz a nuestra vida… Una palabra de amor: puede sanar el corazón herido. Porque las palabras tienen vida. Son capaces de bendecir o maldecir, de edificar o derribar, de animar o abatir, de transmitir vida o muerte, de perdonar o condenar, de empujar al éxito o al fracaso, de aceptar o rechazar… ¿Cómo hablamos a l@s demás? ¿Qué les transmiten nuestras palabras? ¿Qué me digo a mí mism@? ¿Hacia dónde me conduce mi dialogo interno? Las palabras pueden inspirar. Y las palabras pueden destruir. Elige bien tus palabras. Robin Sharma

  • Que el yoga no se quede en el Mat

    Nos reunimos a enseñar unión,

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