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El hilo invisible

  • 27 dic 2025
  • 1 Min. de lectura

Durante las fiestas, Tomás sentía que caminaba por un mundo ajeno. Las luces colgaban de los balcones como promesas que no eran para él, y las canciones sonaban desde casas donde no estaba invitado. No estaba triste todo el tiempo, pero sí había una sensación persistente: la de ser una isla.

Una tarde fría decidió salir a caminar sin rumbo. En una plaza vio un árbol decorado de forma extraña: no tenía bolas ni estrellas, solo pequeños hilos atados a las ramas. Cada hilo llevaba un nudo distinto. Algunos eran torpes, otros delicados. Un cartel decía:“ Ata aquí lo que no sabes dónde dejar.”

Tomás dudó, pero sacó un hilo del bolsillo del abrigo que no recordaba haber guardado. Lo ató a una rama baja y pensó en todo lo que no había dicho ese año, en las personas que se habían ido, en las noches largas. El árbol no respondió. No hizo falta.

En los días siguientes volvió varias veces. Vio a otras personas detenerse, atar hilos, quedarse quietas un momento y seguir su camino un poco más ligeras. Nadie hablaba, pero algo los unía. Un gesto. Un silencio compartido.

Cuando las fiestas terminaron, el árbol seguía allí, lleno de hilos moviéndose con el viento. Tomás entendió entonces que no había estado tan solo como creía. Había otros, invisibles, atravesando lo mismo. Y aunque no se conocieran, estaban conectados por algo simple y humano: seguir adelante.

Si estas fiestas te sientes sol@, recuerda esto: hay hilos que no se ven, pero sostienen. No necesitas ser fuerte ni estar alegre. Solo seguir atando tu hilo a la vida. Eso basta

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